La escalera de inferencia para mejorar la comunicación

La escalera de inferencia es un modelo explicativo de cómo las personas procesamos la información, presentado por Chris Argyris en 1985. Y os preguntaréis ¿y qué nos está contando ahora Elena? Bueno, pues es que cuando yo la descubrí estudiando coaching y educación emocional, me ayudó mucho a darme cuenta de cómo interpretamos la realidad, la dotamos de significado, sacamos conclusiones... y que sólo ser consciente de ello podía suponer un antes y un después en la manera en cómo nos relacionamos con los demás. Veamos cómo funciona (de abajo arriba, subiendo escalones):

  1. Primer escalón: hechos objetivos. Yo observo "datos", información y experiencias, como si fuera una cámara de vídeo.
  2. Segundo escalón: hechos seleccionados. Yo selecciono información a partir de lo que observo. Sí, señores, nuestra capacidad perceptiva es limitada, por lo que somos expertos en seleccionar: me quedo con esto y descarto aquello.
  3. Tercer escalón: sentido. Yo agrego significados, propios y culturales: qué es, por qué sucede, para qué sucede...
  4. Cuarto escalón: suposiciones. Yo hago supuestos basándome en los significados que he agregado. Se establecen relaciones causales.
  5. Quinto escalón: conclusiones. Yo saco conclusiones que se derivan de los supuestos anteriores.
  6. Sexto escalón: creencias. Yo adopto creencias* acerca del mundo (refuerzo creencias que ya tenía o adopto unas nuevas), lo que da origen a las emociones y me prepara para la acción posterior. 
  7. Séptimo escalón: comportamiento. Yo tomo acciones basadas en mis creencias.

*Y estas creencias influyen en la selección de información que hacemos la próxima vez.

Este proceso (que a mí me recuerda un poco al "teléfono roto", cada vez distorsionando un poco más la realidad) es un proceso rápido (yo no lo llamaría escalera, sino ascensor 😉) y, la mayoría de las veces, no hay conciencia de este proceso interno.

¿Qué? ¿Cómo lo veis? ¿Somos realmente objetivos? 

Vamos a poner un ejemplo: (fuente A3coaching)

Un día normal, en una oficina cualquiera...

Rosa piensa:


Hoy es uno de esos días en los que me levanto ya agotada. Mi hija ha estado enferma toda la noche y no he pegado ojo. Llego a la oficina con la cabeza puesta en una reunión que tengo a segunda hora y que me falta terminar de preparar con los últimos datos. Es una reunión importante y no tengo la cabeza nada centrada…

Me cruzo con varias personas pero casi ni les oigo ni les veo. A ver si hay suerte y hoy es de esos días que el ordenador arranca bien. ¿Me he cruzado con Jaime? Por el rabillo del ojo me ha parecido que ponía mala cara. No sé, no estoy segura. Ahora no puedo pararme a pensar en ello… ¿Qué tal si empiezo por tomarme un café bien cargadito antes de sentarme a trabajar?

Jaime piensa:


A ver qué tal hoy en el curro. Últimamente no estoy nada cómodo. Me da la sensación de que la gente no me hace caso. No creo que sean sensaciones mías.

Mira, por ahí viene Rosa, a ver si me paro a preguntarle, que ella suele ser bastante sincera.

Pero, ¿qué ha pasado? ¿Será posible? Ni siquiera me ha respondido el saludo. Seguro que no ha querido saludarme. Es imposible que no me haya visto, ¡si casi nos chocamos!

Seguro que es por el tema de las vacaciones, como yo fui el único al que no me pareció bien el calendario de este año… Pero podré opinar, ¿no? Todo el mundo me dijo que no pasaba nada, pero en el fondo no me lo perdonan. Todos piensan que soy un pelma con este tema. Por eso no me saludan.

Pues no pienso callarme lo que pienso, voy a decir lo que me parece y si le sienta mal a todo el mundo es su problema. Yo no tengo por qué cambiar de opinión y no voy a perder mi tiempo saludando a quien no quiere hablar conmigo.


¿Os resulta familiar? Es sólo un ejemplo, pero seguro que os dais cuenta de que este tipo de proceso se da habitualmente en el día a día. El único hecho objetivo es que Rosa no contestó al saludo de Jaime, y si nos quedáramos en ese escalón, todo nos iría bastante mejor. Pero como a nuestro cerebro no le gusta la incertidumbre, no le gusta no saber por qué suceden las cosas, cuando un hecho no tiene una respuesta lógica para nosotros (saludo y no me responden), interpretamos (ya no es que no me contestó el saludo, sino que me ignoró, lo ha hecho queriendo, sin saber si Rosa me ha visto o si iba absorta en sus pensamientos, como así era), le atribuímos una causa (me ignoró por lo de las vacaciones), generalizamos, que esto nos encanta (¡siempre me ignora! todos piensan que soy un pelma) y luego la acción que tomamos no es siempre la más adecuada.

¿Pensáis que conocer los modelos mentales puede ayudarnos en nuestras relaciones personales? A mí me parece una gran herramienta para mejorar nuestras habilidades comunicativas:

  • Porque el proceso también podemos hacerlo al revés, desde el comportamiento visible (la acción) hasta encontrar el hecho objetivo que lo desató.
  • Porque conseguimos ser conscientes de nuestro propio pensamiento (reflexión). Puede parecer una tarea pesada analizar todo esto, pero practicando un poco nos resultará mucho más fácil detectar todos estos pasos y mejoraremos nuestra comunicación, nuestras interpretaciones y, por tanto, nuestras emociones (¡nos ahorraremos más de un disgusto!).
  • Porque nos permite hacer visibles a los demás nuestros razonamientos y pensamientos (argumentación), siendo conscientes de la procedencia de nuestras opiniones.
  • Porque logramos indagar en el razonamiento y pensamiento de los demás (indagación).
  • Porque conseguimos tomar nuestras decisiones basadas en datos objetivos.

Si nos fiamos menos de lo que creemos que pasa y preguntamos más, iniciamos la posibilidad de un entendimiento. Si Jaime hubiera preguntado a Rosa la razón por la que no lo saludó, tendríamos la solución a un conflicto que nunca ha existido, excepto en la cabeza de Jaime, pero que si no se resuelve, puede ir creciendo como una bola de nieve montaña abajo...


Y, además de mejorar mis propias relaciones personales y mi manera de comunicarme, ¿puedo ayudar a mis alumnos? ¡Pues claro que sí! O al menos, lo intento. Porque simplemente con el ejemplo y ayudándoles a mediar en sus conflictos teniendo en cuenta todo esto, ya es mucho. Pero es que, además, yo explico esta herramienta a mis alumnos. Sí, ya sé que son de primero y segundo de primaria, pero con palabras sencillas y con ejemplos del día a día, entienden mucho más de lo que parece.

Versión niños:

La escalera de inferencia o cómo nos montamos una película.


Lo de "montarse la película" les hace mucha gracia y lo captan enseguida. Ellos mismos, en algunas situaciones, lo verbalizan: "ya está Fulanito montándose una película".

  1. Mi primer consejo para ellos: HECHOS, tenemos que quedarnos con los hechos objetivos. Toooooodo lo demás es subjetivo, lo añadimos nosotros. ¿Y qué es un hecho? Pues aquello que ES sí o sí. Hoy es 4 de octubre. Eso es un hecho. Sí o sí. Rosa no le contestó el saludo a Jaime. Eso también es un hecho. 
  2. Mi segundo consejo: ante la duda, PREGUNTA. Siempre. La imaginación es muy rápida, no le des "carnaza" para seguir alimentando el guión de la película. Para. Pregunta. Escucha.

Y poco más, porque al final se trata un poco de eso. 

Ejemplo de patio, 100% verídico, que me sucedió hace 2 años, con mis anteriores alumnos, poco después de conocer (yo) la escalera de inferencia:

- Alumna 1: "¡Elenaaaaa! Es que alumna 2 me ignora, nunca quiere jugar conmigo, me ha dejado plantada, siempre me hace lo mismo... ". No recuerdo las palabras exactas, pero lo que sí vi es la película, con título en grande y hasta créditos, y mi cabeza, rápidamente, empezó a procesar cómo mi alumna subía a toda velocidad por la escalera que acababa de conocer. Escalón a escalón. Vamos, es que me puso un ejemplo de libro. Después de toda su parrafada le pregunté: "Pero vamos a ver, ¿qué ha pasado?". Y siguió: "es que me ignora, nunca quiere jugar conmigo...". En fin, que me contó lo mismo. Y yo: "No, no te pido eso. ¿Qué ha pasado EXACTAMENTE?". Y me respondió: "Pues que estábamos todas jugando a X y alumna 2 se ha ido". Gracias. Muchas gracias. "¿Y tú le has preguntado por qué se ha ido?", seguí. "No", me contestó. "Pues igual sería buena idea. Quizás se ha ido al baño, quizás ha visto algo que le ha llamado la atención, quizás se aburría... ¡No podemos saberlo!". Se quedó pensando, y luego continuó: "¡Pero es que SIEMPRE me hace lo mismo!". Y yo: "¿Siempre? ¿Siempre, siempre, siempre? ¿Específicamente cuántas veces te lo ha hecho?". Y mi alumna 1 iba perdiendo fuerza: "Buenoooo, no sé...". En fin, que no tardé en explicarle la escalera de inferencia a todos mis alumnos...

Espero que a vosotros también os ayude, tanto para aplicaros a vosotros mismos como para ayudar a vuestros hijos y alummos. Yo intento usar un lenguaje lo más objetivo posible, preguntando siempre qué ha pasado exactamente, específicamente, concretamente, y derrumbando todo aquello que sean interpretaciones, suposiciones, conclusiones fundadas... Es muy curioso ver la cara que se les queda. Creo que les descolocas un poco, les desmontas la película en un segundo, y pienso que es muy positivo ese pequeño silencio que se crea, cuando se ponen a pensar en lo que les cuestiono. También les derrumbo todas las generalizaciones que hacen: "Es que todos me molestan". ¿Todos? ¿Absolutamente todos? ¿Quién te ha molestado, concretamente?. Es que siempre, es que nunca, es que todos, es que nadie... ¿Siempre? ¿Nunca? ¿Todos? ¿Nadie? Y les pido que me lo argumenten. Y claro, no pueden 😉. Por supuesto, a mí también se me escapan generalizaciones, la tendencia ahí está, pero me he dado cuenta de que las detecto mucho más fácilmente y rectifico al momento. "Todos los días me encuentro... bueno, todos los días no, muchos días me encuentro..." y continúo mi discurso. Volvemos a lo mismo, los niños aprenden lo que ven, así que rectifico siempre para dar ejemplo. Bueno, casi siempre 😉, porque seguro que alguna vez me pasa por alto.

A mí me parece un regalo poder enseñar a los más pequeños este tipo de herramientas, ayuditas, trucos para mejorar su convivencia, sentirse mejor consigo mismos y con los demás y, en definitiva, todo aquello que contribuya a su bienestar y les ayude a ser más felices. Además, insisto, lo aprenden y adquieren con más naturalidad de la que creemos.

Y para terminar, os dejo con una historia de la saga Sapo y Sepo (soy fan, jajaja) que hemos leído hoy en clase. Porque mis alumnos, al momento, han sabido detectar cómo Sepo ha empezado a imaginar e interpretar cosas. "¡Ya se ha montado la película!", decían. Y no podían llevar más razón...

Solo


Sepo fue a casa de Sapo. Encontró una nota en la puerta que decía: “Querido Sepo: no estoy en casa. He salido, porque quiero estar solo”.

-¿Solo? -exclamó Sepo-. Sapo sabe que yo soy su amigo. ¿Por qué quiere estar solo? 

Sepo miró por las ventanas. Miró en el jardín. En ningún sitio vio a Sapo. Sepo se fue al bosque. Sapo no estaba allí. Fue al prado. Sapo no estaba allí. Bajó al río y allí estaba Sapo, sentado en una isla; estaba solo.

-Pobre Sapo -dijo Sepo-. Debe de estar muy triste. Voy a animarle.

Sepo corrió a casa. Hizo bocadillos. Preparó una jarra de té con hielo. Lo puso todo en una cesta. Sepo volvió deprisa del río.

-¡Sapo! -gritó-. ¡Sapo, soy yo, tu mejor amigo!

Sapo estaba demasiado lejos para oírle. Sepo se quitó la chaqueta y la ondeó como una bandera, pero Sapo estaba demasiado lejos para verle. Sepo gritó y le hizo señales con los brazos, pero todo fue inútil... Sapo seguía sentado en la isla. Ni veía ni oía a Sepo. Una tortuga pasó nadando. Sepo se subió a la tortuga.

-Tortuga- pidió Sepo-, llévame a la isla. Sapo está allí. Quiere estar solo.

-Si Sapo quiere estar solo- dijo la tortuga-, ¿por qué no le dejas que esté solo?

-Quizá tengas razón -dijo Sepo-. Quizá Sapo no quiere verme. Quizá ya no quiere ser mi amigo.

-Sí, es posible -dijo la tortuga mientras nadaba hacia la isla. 

-¡Sapo! -gritó Sepo-. Lamento mucho todas las tonterías que hago. Lamento mucho todas las bobadas que digo... ¡Por favor, vuelve a ser mi amigo!

Sepo resbaló de la tortuga, cayó de espaldas al río y se dio un tremendo chapuzón. Sapo oyó el estrépito y ayudó a Sepo a subir a la isla. Sepo miró la cesta. Los bocadillos estaban mojados. La jarra de té con hielo estaba vacía.

-Se ha estropeado todo -dijo Sepo-. Lo preparé para ti, Sapo, para que te pusieras contento.

-Pero, Sepo -dijo Sapo-, si estoy contento. Estoy muy contento. Cuando me desperté esta mañana, el sol brillaba y yo me sentí muy feliz. Y me sentí muy feliz porque soy un sapo y también me hizo sentirme feliz estar seguro de que tú eres mi amigo. Quería estar solo para poder pensar en lo estupendo que es todo.

-¡Ah, claro! -dijo Sepo-. Me parece que esa es una buena razón para querer estar solo...

-Ahora, en cambio -dijo Sapo-, me alegro mucho de no estar solo. Vamos a comer.

Sapo y Sepo se quedaron en la isla toda la tarde. Comieron los bocadillos mojados sin té con hielo. Eran dos amigos, muy amigos, sentados juntos, solos.


CONVERSATION

3 comentarios

  1. Muchas gracias Elena!!! Muuuuy útil para el día a día, tanto personal como para con nuestro alumnado.
    Alguna bibliografía que pudieras recomendar para saber más.Un post genial!!!
    Saludos

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  2. Hola, Elena

    Me ha gustado mucho, seguro que lo pondré en práctica. Cuánto conflicto evitaríamos si no nos subiéramos a la escalera tan a menudo...

    Un saludo.

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  3. genial Elena ,asín es, que suerte tienen tus alumnos.

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